CARTA A LOS LECTORES                                


 

El Cardenal Arzobispo de Barcelona, Lluís Martínez Sistach, escribiendo sobre los 498 mártires españoles beatificados en Roma en noviembre del año pasado, decía: “El testimonio valiente y confiado de los mártires contrasta hoy, en nuestra sociedad, con una especie de retraimiento vergonzoso por parte de los cristianos de manifestarse con sencillez como tales”. Es verdad. Hoy hay mucha cobardía, mucho miedo, muchos complejos a la hora de dar testimonio público de nuestra fe y de nuestro amor a Jesucristo y a la Virgen Santísima. Todos los bautizados tenemos el sagrado deber de manifestar públicamente nuestra fe, especialmente los sacerdotes y religiosos.

           

Seamos coherentes, también los sacerdotes y religiosos. Hace unos días, me decía una joven periodista: “Padre, mi párroco ha dicho siete veces en su homilía que los seglares tenemos la obligación de dar testimonio público de nuestra fe, pero una cosa es predicar y otra dar trigo, nunca lo he visto vestido de sacerdote, siempre va vestido de seglar y él también tiene que manifestar públicamente que es un hombre consagrado a Dios”. Hasta aquí las palabras de la joven periodista. Su Santidad Benedicto XVI ha dicho recientemente que “la fe no puede reducirse a un sentimiento privado, que se esconde quizá cuando se convierte en algo incómodo, sino que implica la coherencia y el testimonio en el ámbito público”.

           

Es verdad que “el hábito no hace al monje ni el lugar la santidad”, pero también es verdad que “ayudan a ser santos el hábito y el lugar”. Pero, sobretodo, es verdad que hay un Código de Derecho Canónico vigente “cuyas leyes canónicas, por su misma naturaleza, deben ser observadas”, como escribió S. S. Juan Pablo II en la Constitución Apostólica Sacrae Disciplinae Leges. Pues bien, la ley 284 dice: “Los clérigos han de vestir un traje eclesiástico digno, según las normas dadas por la Conferencia Episcopal y las costumbres legítimas del lugar”. La norma dada por la Conferencia Episcopal Española de 26 de noviembre de 1983 es: “Usen los clérigos traje eclesiástico digno y sencillo, sotana o clergyman, según las costumbres legítimas del lugar a tenor del c.284, especialmente en el ejercicio del ministerio sacerdotal y en otras actuaciones públicas”.

           

Y el canon 669 dice: “los religiosos deben llevar el hábito de su instituto, de acuerdo con la norma del derecho propio, como signo de su consagración y testimonio de pobreza”

           

Vamos, pues, a ver si “damos más trigo”, más testimonio público de nuestra fe, hasta en la manera de vestir, como pidió Juan Pablo II a los sacerdotes en Valencia. Así nuestra joven periodista no nos echará en cara, en una futura ocasión lo que me dijo después: “muchos mártires de la persecución religiosa de España de los años 1936-39, murieron por no quitarse la sotana o el hábito religioso”. Sí, el mundo necesita hoy, más que nunca, mártires, testigos de Cristo, hombres y mujeres consagrados a Dios que lo manifiesten públicamente con santo orgullo y santa alegría.

 

P. Manuel Martínez Cano, m.C.R